Colapsismo, renovables y política climática
El pasado conversatorio de El Día Después reunió a Emilio Santiago, antropólogo social del CSIC y autor del libro Contra el mito del colapso ecológico, y a María Cortés-Puch, desde la Red de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas como contrapunto en este encuentro que giró en torno a la pregunta: ¿se ha metido el ecologismo en un callejón sin salida?
De qué hablamos cuando hablamos de colapso
Emilio inició su exposición argumentando que no es que la crisis climática no sea grave —insistió en que lo es enormemente— sino que apostar por el «colapso» como marco político lleva a errores costosos. Distinguió entre el colapsismo como clima cultural difuso (la omnipresencia de distopías en cine, series y videojuegos) y el colapsismo como estructura ideológica concreta, especialmente el de raíz piquista: la idea de que el agotamiento de los combustibles fósiles haría inviables las sociedades industriales complejas.
Tres errores que se fueron acumulando
El primero fue de diagnóstico científico. Las predicciones sobre el agotamiento del petróleo no se cumplieron, la tesis de que las renovables no podían sostener sociedades complejas ha quedado obsoleta, y mientras tanto algunos movimientos ecologistas se han lanzado a oponerse frontalmente a parques eólicos y fábricas de baterías: exactamente las tecnologías que necesitamos para descarbonizar. El problema no fue equivocarse —eso le pasa a cualquier modelo científico— sino no reconocerlo.
El segundo fue epistemológico. Muchos de estos discursos los construyeron científicos naturales que entraron en el terreno de lo social sin demasiada cautela, con tendencia al reduccionismo (todo depende del petróleo), al determinismo y a lo que Emilio llama el exceso de holismo: confundir que las cosas están interrelacionadas con que forman una totalidad que colapsa de golpe por efecto dominó.
El tercero, y para él el más grave, fue el político. El colapsismo deriva fácilmente en antipolítica: si el Estado y el mercado van a dejar de funcionar, la solución son las comunidades autogestionadas, las balsas de emergencia, las redes de trueque. Emilio lo dijo sin rodeos: esa es la ética del bote salvavidas, la misma base que sostiene el ecofascismo. Y mientras tanto, quienes quieren prolongar el mundo fósil tienen la autopista libre.
El problema concreto: las renovables
La segunda mitad de la conversación aterrizó en algo más inmediato. Para él, el hecho de que las renovables sean hoy económicamente competitivas es una victoria histórica del ecologismo, lograda tras cincuenta años de lucha. Y que ahora una parte del movimiento se oponga frontalmente a su despliegue, usando argumentos que parecen sacados de una petrolera; opina que es uno de los errores políticos más costosos del momento.
Eso no significa que no haya conflictos legítimos sobre cómo y dónde se instalan. El debate sobre el impacto territorial, la distribución de beneficios o la participación de los municipios es necesario y urgente. Pero una cosa es disputar el cómo y otra muy distinta es el rechazo en bloque.
¿Qué hacer con todo esto?
Las propuestas que surgieron fueron varias. Emilio apuntó a la necesidad de actualizar el marco político a partir de lo que está pasando realmente con la fotovoltaica, las baterías y la agricultura regenerativa, tecnologías que hace quince años nadie del movimiento esperaba que fueran a funcionar tan bien ni tan rápido. También lanzó la idea de un fondo soberano de renovables vinculado a pensiones e intervención pública en proyectos de gran escala, como forma de hacer que la transición se perciba como un beneficio colectivo en los territorios.
Gracias a intervenciones del público, quienes mencionaban que las renovables no tienen un buen márketing, mencionó que el proyecto Hope de Javier Peña, es ejemplo de que es posible llegar a audiencias no habituales sin renunciar a la gravedad del mensaje, combinándola con ejemplos concretos y salidas reales. Y apuntó algo provocador: a veces el discurso climático funciona mejor cuando no habla directamente del clima.
La conversación también pasó por Cuba, los conflictos territoriales con las renovables y la dificultad de construir consensos en un momento político complicado. Lo que quedó claro es que el debate está abierto, que las fracturas son reales, y que el margen de tiempo para resolverlas es estrecho.
Contamos en el conversatorio con variedad de voces críticas en la sala y excelente diálogo entre los presentes, que refleja bien las tensiones internas del ecologismo de hoy.
Colapsismo, renovables y política climática
El pasado conversatorio de El Día Después reunió a Emilio Santiago, antropólogo social del CSIC y autor del libro Contra el mito del colapso ecológico, y a María Cortés-Puch, desde la Red de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas como contrapunto en este encuentro que giró en torno a la pregunta: ¿se ha metido el ecologismo en un callejón sin salida?
De qué hablamos cuando hablamos de colapso
Emilio arrancó con algo poco habitual: una autocrítica. Él mismo reconoció haber estado comprometido con las ideas colapsistas durante más de una década, hasta que los datos y el trabajo de campo le hicieron cambiar de posición.
Su argumento no es que la crisis climática no sea grave —insistió en que lo es enormemente— sino que apostar por el «colapso» como marco político lleva a errores costosos. Distinguió entre el colapsismo como clima cultural difuso (la omnipresencia de distopías en cine, series y videojuegos) y el colapsismo como estructura ideológica concreta, especialmente el de raíz piquista: la idea de que el agotamiento de los combustibles fósiles haría inviables las sociedades industriales complejas.
Tres errores que se fueron acumulando
El primero fue de diagnóstico científico. Las predicciones sobre el agotamiento del petróleo no se cumplieron, la tesis de que las renovables no podían sostener sociedades complejas ha quedado obsoleta, y mientras tanto algunos movimientos ecologistas se han lanzado a oponerse frontalmente a parques eólicos y fábricas de baterías: exactamente las tecnologías que necesitamos para descarbonizar. El problema no fue equivocarse —eso le pasa a cualquier modelo científico— sino no reconocerlo.
El segundo fue epistemológico. Muchos de estos discursos los construyeron científicos naturales que entraron en el terreno de lo social sin demasiada cautela, con tendencia al reduccionismo (todo depende del petróleo), al determinismo y a lo que Emilio llama el exceso de holismo: confundir que las cosas están interrelacionadas con que forman una totalidad que colapsa de golpe por efecto dominó.
El tercero, y para él el más grave, fue el político. El colapsismo deriva fácilmente en antipolítica: si el Estado y el mercado van a dejar de funcionar, la solución son las comunidades autogestionadas, las balsas de emergencia, las redes de trueque. Emilio lo dijo sin rodeos: esa es la ética del bote salvavidas, la misma base que sostiene el ecofascismo. Y mientras tanto, quienes quieren prolongar el mundo fósil tienen la autopista libre.
El problema concreto: las renovables
La segunda mitad de la conversación aterrizó en algo más inmediato. Para él, el hecho de que las renovables sean hoy económicamente competitivas es una victoria histórica del ecologismo, lograda tras cincuenta años de lucha. Y que ahora una parte del movimiento se oponga frontalmente a su despliegue, usando argumentos que parecen sacados de una petrolera; opina que es uno de los errores políticos más costosos del momento.
Eso no significa que no haya conflictos legítimos sobre cómo y dónde se instalan. El debate sobre el impacto territorial, la distribución de beneficios o la participación de los municipios es necesario y urgente. Pero una cosa es disputar el cómo y otra muy distinta es el rechazo en bloque.
¿Qué hacer con todo esto?
Las propuestas que surgieron fueron varias. Emilio apuntó a la necesidad de actualizar el marco político a partir de lo que está pasando realmente con la fotovoltaica, las baterías y la agricultura regenerativa, tecnologías que hace quince años nadie del movimiento esperaba que fueran a funcionar tan bien ni tan rápido. También lanzó la idea de un fondo soberano de renovables vinculado a pensiones e intervención pública en proyectos de gran escala, como forma de hacer que la transición se perciba como un beneficio colectivo en los territorios.
Gracias a intervenciones del público, quienes mencionaban que las renovables no tienen un buen márketing, mencionó que el proyecto Hope de Javier Peña, es ejemplo de que es posible llegar a audiencias no habituales sin renunciar a la gravedad del mensaje, combinándola con ejemplos concretos y salidas reales. Y apuntó algo provocador: a veces el discurso climático funciona mejor cuando no habla directamente del clima.
La conversación también pasó por Cuba, los conflictos territoriales con las renovables y la dificultad de construir consensos en un momento político complicado. Lo que quedó claro es que el debate está abierto, que las fracturas son reales, y que el margen de tiempo para resolverlas es estrecho.
Contamos en el conversatorio con variedad de voces críticas en la sala y excelente diálogo entre los presentes, que refleja bien las tensiones internas del ecologismo de hoy.



