Del silencio a la luz: una tarde con Pablo d’Ors
Hay encuentros que dejan más que ideas, que atraviesan el cuerpo y dejan una sensación que permanece. La tarde que Pablo d’Ors pasó con nosotros en la Escuela de Industriales de la UPM fue uno de ellos. Él mismo lo advirtió desde el inicio, que no venía a dar una charla, sino a propiciar un encuentro.
A través de relatos, canciones, preguntas y una meditación compartida, nos invitó a mirar más allá de las formas, a recuperar la atención y a volver al propio centro en un tiempo marcado por la prisa y la dispersión.
Abrió con el cuento del hombre que descubre el fuego y enseña a hacerlo por los poblados. Al regresar, encuentra que en uno han guardado las dos piedras en una urna y se postran ante ellas cada tarde. “conservaron el instrumento y olvidaron la llama. Nos enseñan a hacer fuego y nos quedamos adorando las piedras.» El silencio, sirve para eso, para no detenerse en las formas —por hermosas que sean— y atreverse a ir al fondo.
Explicó que la meditación, para él, es como un viaje hacia la unidad, hacia nuestro centro. Como la base del compás: si la punta está bien clavada, cualquier círculo sale hermoso, y se ve reflejado en la vida de las personas, sea cual sea tu responsabilidad. Enlazó esta idea con una breve canción y nos hizo a todos cantar con él, logrando que ciento cincuenta personas separadas se volvieran, por un instante, un solo coro, cumpliendo con ese deseo tan primigenio de la calidad humana, de pertenecer a algo más grande, de no sentirnos solos.
¿Para qué meditar?
Pablo afirma que para él la meditación es vital para conocerse, porque nadie ama lo que no conoce; para amarse, porque nadie da lo que no tiene; y para amar, porque solo amando se entera uno de qué va realmente la vida.
No prometió un camino fácil ni una felicidad de postal. Al contrario: la luz, insistió, no excluye la sombra, sino que la incluye y la trasciende. Muchas veces afirma que hay que descender a los propios infiernos, y en buena medida permanecer en ellos, hasta descubrir que el corazón de las tinieblas es luminoso. «¿Qué te puedo decir de la luz?», respondió casi al final, cuando alguien se lo preguntó. «Pues que su aspecto es oscuro.»
Finalmente llegó el intercambio directo con Pablo y hubo una importante reflexión sobre Simone Weil y su idea de la atención como forma de oración, sobre la gracia que es a la vez don y tarea, y, al final, una breve meditación guiada. Cinco minutos de quietud, la atención puesta en la respiración, y un último canto.
Tres palabras quedaron suspendidas como despedida: la fuente, que algunos llaman Dios; la sed, que nos acerca a ella; y la noche, que es el camino.
«Las nubes pasan, pero el cielo permanece.»
– Pablo d’Ors
Del silencio a la luz: una tarde con Pablo d’Ors
Hay encuentros que dejan más que ideas, que atraviesan el cuerpo y dejan una sensación que permanece. La tarde que Pablo d’Ors pasó con nosotros en la Escuela de Industriales de la UPM fue uno de ellos. Él mismo lo advirtió desde el inicio, que no venía a dar una charla, sino a propiciar un encuentro.
A través de relatos, canciones, preguntas y una meditación compartida, nos invitó a mirar más allá de las formas, a recuperar la atención y a volver al propio centro en un tiempo marcado por la prisa y la dispersión.
Abrió con el cuento del hombre que descubre el fuego y enseña a hacerlo por los poblados. Al regresar, encuentra que en uno han guardado las dos piedras en una urna y se postran ante ellas cada tarde. “conservaron el instrumento y olvidaron la llama. Nos enseñan a hacer fuego y nos quedamos adorando las piedras.» El silencio, sirve para eso, para no detenerse en las formas —por hermosas que sean— y atreverse a ir al fondo.
Explicó que la meditación, para él, es un viaje hacia la unidad, hacia nuestro centro. Como la base del compás: si la punta está bien clavada, cualquier círculo sale hermoso, y se ve reflejado en la vida de las personas, sean cuales sean tus responsabilidades. Enlazó esta idea con una breve canción y nos hizo a todos cantar con él, logrando que ciento cincuenta personas separadas se volvieran, por un instante, un solo coro, cumpliendo con ese deseo tan primigenio de la calidad humana, de pertenecer a algo más grande, de no sentirnos solos.
¿Para qué meditar?
Pablo afirma que para él la meditación es vital para conocerse, porque nadie ama lo que no conoce; para amarse, porque nadie da lo que no tiene; y para amar, porque solo amando se entera uno de qué va realmente la vida.
No prometió un camino fácil ni una felicidad de postal. Al contrario: la luz, insistió, no excluye la sombra, sino que la incluye y la trasciende. Muchas veces afirma que hay que descender a los propios infiernos, y en buena medida permanecer en ellos, hasta descubrir que el corazón de las tinieblas es luminoso. «¿Qué te puedo decir de la luz?», respondió casi al final, cuando alguien se lo preguntó. «Pues que su aspecto es oscuro.»
Finalmente llegó el intercambio directo con Pablo y hubo una importante reflexión sobre Simone Weil y su idea de la atención como forma de oración, sobre la gracia que es a la vez don y tarea, y, al final, una breve meditación guiada. Cinco minutos de quietud, la atención puesta en la respiración, y un último canto.
Tres palabras quedaron suspendidas como despedida: la fuente, que algunos llaman Dios; la sed, que nos acerca a ella; y la noche, que es el camino.
«Las nubes pasan, pero el cielo permanece.»
– Pablo d’Ors



